Sexualidad 01/06/2011 10:16:40
El sexo anal es como el jazz
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El sexo anal es como el jazz. Al principio puede resultar molesto, pero luego no puedes vivir sin el. Como tampoco puedo vivir sin acordarme de Fiona Walker, la diosa de ébano que me desvirgó, analmente hablando, en el campus de la Universidad de Minesotta, en aquel glorioso trimestre de 1987, cuando yo era profesor de español y ella una suplente que enseñaba solfeo. Solíamos vernos en su estudio y escuchar a Miles Davis durante horas. Sus labios eran carnosos, voluptuosos. Su lengua caliente. Sus tetas soberbias, duras como el mármol. Sus muslos vigorosos y alargados. Tenía un hermoso culo: altivo, moreno, tenso. Entre sus nalgas corría una raya que dividía perfecta y simétricamente las posaderas y estaba dotada de abundante y suave vello oscuro. Redondo como un botón azulado tenía el agujero prohibido. Desde el primer momento me demostró que era una amante insaciable.

Ya fuera subido a su grupa o sosteniéndola, ya fuera por la izquierda o la por la derecha, sentía su vulva derretirse en sonoros y prolongados orgasmos. Era normal que al poco de quedarme dormido, exhausto, me despertara con profundas felaciones en las que lograba que mi polla creciera en su boca… para ser nuevamente estocada. Pero eso no era lo mejor, lo mejor era el jazz… y la trompeta Qué extraño efecto tiene la trompeta de Miles Davis. Fiona se transformaba cuando sonaba uno de aquellos prodigiosos arranques de “the good old Miles”. Me hacía ponerme de cuclillas, y tumbada boca arriba cosquilleaba mis cojones, los besaba, les daba chupones tragándoselos enteros. Lamía primero como una gata, luego como una leona, tanto el perineo como el escroto. Incluso en aquella postura forzada mi verga se mantenía enhiesta, dura y erguida como un mástil.

¡Oh Miles Davis! ¡Oh música divina! La mayor aportación de Estados Unidos al universo de las Bellas Artes son esas notas sublimes de ‘A kind of blue’ en las que Fiona, en profundo arrebato místico, engarzaba mi polla con sus dos manos y soplaba en mi ano como si fuera una sordina, haciendo pedorreta, salpicándome, llenándome de baba mientras me masturbaba acompasando sus movimientos a la música. Yo, en cuclillas, notaba como los escalofríos recorrían mi espalda provocándome ligeros espasmos. Fiona seguía su concierto agitando con más fuerza mi polla, metiendo su lengua en mi culo… el cénit llegaba cuando hacía lo mismo con sus dedos, y me los metía uno detrás de otro en el ano, tocándome como un instrumento, llegando a mis entrañas con la misma delicadeza y furia con la que Miles amaba a su trompeta y extraía de ella sus notas. Hasta que absorto, mudo y de rodillas me rendía cuando la aguja del pinchadiscos se silenciaba, y sólo escuchaba la risa satisfecha de Fiona diciendo eso de “mi good old Miles”.

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